El aroma del café, parte esencial de su leyenda.
Cuando era niño, solíamos visitar la casa de mi abuela en Boconó en ocasiones. A pesar de que la memoria a veces nos engaña y nos hace creer cosas que no vivimos, hay un recuerdo que permanece imborrable. En aquellos días en la casa de mi abuela, yo era muy niño y solía dormir junto a mis padres en una habitación pequeña. El frío nos obligaba a abrazarnos mientras mi papá se levantaba temprano y salía de la habitación. Yo seguía durmiendo un rato más junto a mi madre, hasta que el sol iluminaba la habitación a través de una pequeña ventana.
Al salir de la habitación, siempre recuerdo a mi tía Aura en la cocina, conversando con mi papá (su hermano) y compartiendo historias sobre sus vivencias durante el tiempo que no estuvieron juntos. Un suave aroma impregnaba toda la cocina, un olor que la mayoría de las personas reconocen, un aroma que vencía al frío y aportaba una sensación de familiaridad, como si fuera parte de un ritual en el que todos participábamos.
Una de las historias que se contaban era sobre el origen del café. Se decía que fue resultado de un error de un pastor que, al no saber qué hacer con una semilla, la colocó donde no debía, y esta cayó accidentalmente en una olla de agua hirviendo, llenando el lugar con un aroma previamente desconocido. También se rumoreaba que en algunas culturas, como la árabe, el café era considerado una bebida mágica que se ofrecía a los visitantes sin revelar ese simple secreto. Quizás todo esto sea leyenda, pero creo que toda leyenda puede contener muchos mitos con una única verdad. Por lo tanto, de una verdad, pueden surgir muchas leyendas y mitos.
Lo cierto es que, si hay una verdad, es que el aroma del café es parte esencial de su leyenda. Esta leyenda nos transporta de vuelta a la niñez, nos conecta con la familia y nos vincula con aquel antiguo pastor de ovejas cuya existencia es incierta, así como con otras culturas y con nuestros amigos.

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